La arquitectura puede incluir o excluir. Escaleras, desniveles, circulaciones inaccesibles o espacios mal diseñados siguen impidiendo que muchas personas entren, trabajen o participen. La accesibilidad debe comenzar en el proyecto, considerando la diversidad de usuarios desde el primer croquis. Cuando el entorno deja a alguien fuera, la exclusión se construye y eso no lo podemos permitir.
Los ascensores instalados en el espacio público no son un complemento «accesible» de una escalera. Cuando falla el ascensor la accesibilidad desaparece. El espacio público necesita soluciones permanentes, y disponibles las 24 horas, los 365 días del año y que sirvan a todas las personas. Solo las rampas, como complemento a ascensores o escaleras garantizan rutas accesibles y siempre disponibles.
Una camilla en determinados baños accesibles permite que niños mayores, jóvenes y adultos que requieren apoyo puedan cambiarse de ropa, realizar una muda o procedimientos de forma segura, higiénica y digna. Incorporarla en aeropuertos, centros comerciales, recintos deportivos y otros espacios de alta afluencia y permanencia puede definir una diferencia entre poder salir de casa o no.
